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miércoles, 6 de julio de 2011

La muerte de un instalador: Recomendaciones y nueva lectura

Hemos llegado al final de la lectura de La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue, la sexta de nuestro reto de 18 novelas en 18 semanas y es tiempo de algunas recomendaciones para quienes hayan disfrutado de este libro.



Las primeras recomendaciones serán libros del propio Álvaro Enrigue: los cuentos reunidos en Hipotermia son una buena forma de continuar conociendo la obra de este original autor. En cuanto a otras de sus novelas, la lectura de Vidas perpendiculares y de Decencia (ésta última, en cierta forma, emparentada con La muerte de un instalador) no defraudará a nadie.

Vidas perpendiculares Decencia

La muerte de un instalador comparte algunos puntos con una novela corta del escritor modernista Efrén Rebolledo: Salamandra. En ésta, un poeta se enamora de una femme fatale que, sin él saberlo, decide convertirlo en su propia obra de arte, en la que la degradación y la muerte juegan un importante papel.

Respecto a la relación entre un hombre poderoso y un artista a su servicio, es imprescindible la lectura de la primera y espléndida novela de Yuri Herrera, Trabajos del reino, sobre un compositor de corridos y su relación con un capo del narcotráfico.

Otra novela corta que, como La muerte de un instalador, nos muestra un punto de vista irónico sobre el arte contemporáneo es Temporada de caza para el león negro, de Tryno Maldonado. Y sobre la destrucción y el caos como parte del proceso de creación en la sociedad contemporánea no se pueden perder Fight Club, de Chuck Palahniuk.

Trabajos del reino Temporada de caza para el león negro

Finalmente, para referirnos a libros en los que hombres todopoderosos afectan a su antojo las vidas de otros, y en las que se intercalan distintos puntos de vista, no podemos olvidar dos verdaderos clásicos de la literatura: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa.

Pedro Páramo l

Esperamos que disfruten estas lecturas y que nos recomienden otras.



A partir de mañana continuamos el reto de 18 novelas en 18 semanas con un nuevo libro (el cual seguramente ya todos han leído, pero que sin duda querrán volver a leer): Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco.

Las batallas en el desierto

martes, 5 de julio de 2011

La muerte de un instalador: la estética de la crueldad

Seguimos adelante con La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue, la sexta lectura de nuestro reto de 18 novelas en 18 semanas.



El arte (la pintura y las instalaciones en particular) juega un papel muy importante en esta novela. Si en anteriores libros del reto habíamos visto que se hacía referencia a otros textos literarios, en éste las referencias que se hacen son a obras plásticas y sus autores. Ahora haremos una pequeña revisión de algunos de ellos.

Roxy'sEl primer artista a quien se hace refeencia es Edward Kienholz y su instalación Roxy's, cuyo concepto Sebastián Vaca copió para su obra, La casa de mi abuela, instalación involuntaria, que, pese a ser su mejor obra, según Aristóteles, adolece de muchos defectos. En Roxy's se representa un burdel habitado por figuras grotescas, lo que nos sirve de premonición a lo que ocurrirá en la historia.

Desnudo bajando una escaleraUna vez que Brumell ha decidido hacer de Sebastián su siguiente presa, lo invita a su casa y éste, pese a aparentar desprecio por la pintura, queda estupefacto al encontrarse de frente con el Desnudo bajando una escalera, de Marcel Duchamp (de quien Vaca dice admirar sobre todo los ready-mades, obras de arte realizadas con objetos de uso cotidiano), con lo que inician los deslumbramientos que lo pondrán a merced de aquél.

Durante esa misma cena, Aristóteles y un amigo crítico de arte hacen una revisión del portafolio de Vaca. Durante ella se encuentran algunas influencias (robos) de otros artistas como Herman Braun-Vega, Salvador Dalí, Rudolf Stingel y Jeff Koons y Damien Hirst, éstos últimos inspiradores de una extraña obra que incluye un corazón de cerdo y que refuerza la idea de cacería/carnicería que distingue a la relación entre el coleccionista y el instalador.

Damien Hirst: This little piggy went to market, this little piggy stayed at home

También sabemos que en una pared de la recámara de Aristóteles cuelga una píntura de Robert Motherwell y que posee diversas obras de Francis Bacon, que en algún momento teme que Vaca robe, aprovechando su ausencia.

Robert Motherwell: Chambre d'Amour Francis Bacon: Head VI

Todas estas referencias introducen al lector en la estética del mundo en el que viven estos personajes, que sienten, en proporciones equivalentes, pasión y desprecio por el arte y por quienes lo realizan y en la estética de la obra que Brumell planea ejecutar.



Mañana concluiremos La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue, con las recomendaciones literarias para quienes hayan disfrutado esta magnífica novela y anunciaremos nuestra próxima lectura.

jueves, 30 de junio de 2011

La muerte de un instalador: la histora de una larga caída

Bienvenidos a la sexta lectura del reto de 18 novelas en 18 semanas: La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue.

Álvaro EnrigueÁlvaro Enrigue (México, 1969) es uno de los escritores más contundentes de entre quienes irrumpieron en la narrativa mexicana a finales del siglo XX. Escritor, crítico literario y editor, ha colaborado en diversas revistas y diarios, así como editoriales. La muerte de un instalador obtuvo en 1996 el Premio de Primera Novela Joaquín Mortiz. Es autor además de los libros de relatos Virtudes capitales e Hipotermia, y de las novelas Vidas perpendiculares y Decencia.



En La muerte de un instalador, a Aristóteles Brumell y Sebastián Vaca, principales personajes de la historia, los une el arte: el primero es coleccionista, el segundo instalacionista. Ambos se encuentran por primera vez frente a la contemplación de una obra que los embelesa: el cadáver de un hombre que se hacía llamar el Utopista y que acaba de caer al vacío (no podía ser de otra forma) desde un sexto piso.

Brumell conoce a Sebastián, pero lo oculta. Sebastián conoce a Brumell y se lo hace saber. Sin embargo, Sebastián en realidad no conoce a Brumell. Ignora, por ejemplo, el desprecio que siente por los artistas. Ignora que él mismo se considera un artista verdadero y que la caída del Utopista, en la que tanta belleza encontraron ambos, es una de sus obras. Ignora, sobre todo, que acaba de caer en sus garras y el autor nos hace un guiño a los lectores al final del capítulo correspondiente, cuando Brumell le dice a Vaca que sus ojos negros son, como los del Lobo Feroz frente a Caperucita, “para verlo mejor”.

A partir de ese momento Sebastián se convertirá en la nueva obra de Brumell, un “experimento”, como le gusta llamar a sus acciones que no tienen otro fin más que degradar a quien ha elegido como su presa hasta el punto en que no puedan caer más bajo (como ocurrió, muy rápida y simbólicamente con el Utopista, cuyo nombre podría pasar desapercibido, pero que en sí mismo encierra una clave).

Hasta qué punto llegará la interminable caída del instalacionista y de qué medios se valdrá Brumell hacerlo tropezar es algo que descubriremos a lo largo de esta novela llena de un humor tan cruel como los actos del millonario.



Durante estos días sigan leyendo con nosotros La muerte de un instalador, de Álvaro Enrigue, en el reto de 18 novelas en 18 semanas.